Mi mundo en una maleta

Testimonio de un Obispo Misionero Migrante

Desperté una mañana de julio de 1983 y mis padres me anunciaron que dejaríamos Lima, Perú, para buscar un futuro en Venezuela. Días antes, detrás de nuestra casa, un comando de Sendero Luminoso (grupo terrorista) había tomado por asalto un puesto policial. El miedo y la incertidumbre se convirtieron en el telón de fondo de nuestra partida.

En aquel tiempo, el Perú vivía bajo la sombra de la violencia política. Sendero Luminoso, inspirado en la ideología maoísta, había declarado la guerra al Estado y buscaba instaurar un régimen revolucionario campesino. Sus ataques contra policías, autoridades y civiles generaban un clima de terror cotidiano. La democracia recién restablecida era frágil, y la respuesta del Estado, muchas veces militarizada, aumentaba la sensación de inseguridad. La pobreza y la falta de oportunidades se sumaban a la violencia, empujando a miles de familias a abandonar el país. En ese contexto, nuestra decisión de migrar no fue solo un acto de búsqueda de futuro, sino una huida desesperada de un entorno donde la vida misma estaba amenazada.

Recuerdo con nitidez la sala del aeropuerto, las lágrimas de mi madre junto a mi hermana menor de dos años, al despedirse de varios familiares. La migración no comenzó con esperanza, sino con desarraigo y dolor. Era el inicio de un camino que marcaría mi vida y mi vocación. Unos días antes, mis compañeros del colegio parroquial organizaron una sencilla pero significativa despedida. Entre abrazos y oraciones, me entregaron cartas escritas a mano, llenas de afecto y buenos deseos. Aquellas palabras, guardadas como tesoros, me hicieron consciente de que estaba dejando atrás no solo un país, sino también una comunidad que había sido mi hogar espiritual y humano.

Sabía que mi vida iba a cambiar radicalmente: dejaba mis juegos, mis rutinas escolares, mis amigos y maestros, para enfrentar un futuro incierto en tierras desconocidas. Esa conciencia temprana del desarraigo me acompañó en cada paso, convirtiéndose en semilla de una vocación que, con el tiempo, se transformaría en misión pastoral y en compromiso con los migrantes que, como yo, llevan su mundo entero en una maleta.

Llegamos primero a Bogotá y luego emprendimos una travesía por trochas hasta Caracas. Nuestro primer hogar fue un estacionamiento subterráneo, cuatro pisos bajo tierra, donde vivimos durante doce meses. Allí aprendí que la dignidad humana puede resistir incluso en los lugares más inhóspitos. Pero esa travesía no estuvo exenta de riesgos. Migrar por caminos irregulares significaba exponerse a la inseguridad, a la posibilidad de ser asaltados, engañados o incluso perder la vida en rutas clandestinas. Cada paso era una apuesta por la supervivencia, sin garantías de llegar a salvo ni de encontrar un lugar digno donde vivir. El estacionamiento subterráneo que se convirtió en nuestro hogar era símbolo de esa vulnerabilidad. La migración nos obligó a enfrentar la precariedad, la discriminación y el desarraigo, pero también nos enseñó que la dignidad humana puede mantenerse viva incluso en medio de la adversidad más extrema. Fue allí donde comprendí que migrar no es solo cambiar de país, sino atravesar un camino lleno de peligros que ponen a prueba la fe, la esperanza y la resistencia del ser humano.

Con el tiempo logramos salir adelante, aunque no sin tropiezos. Tres estafas nos golpearon, pero finalmente pudimos estabilizarnos, tener empresa y propiedades. La migración nos enseñó que la resiliencia es más fuerte que la adversidad. Sin embargo, también fue posible crecer en medio de una Venezuela que, en aquel entonces, ofrecía prosperidad y oportunidades. El país vivía un auge económico gracias a sus recursos petroleros y a un clima social que permitía a los migrantes integrarse y progresar. Experimentamos una puerta hacia la superación personal y familiar. Pudimos emprender, trabajar con dignidad y alcanzar estabilidad, aprendiendo a valorar el esfuerzo y la solidaridad de una sociedad que nos acogió. La experiencia nos enseñó que, aun después de la precariedad inicial, la migración puede convertirse en un espacio de crecimiento humano y espiritual, donde la fe y la perseverancia se transforman en motores de esperanza.

Años después ingresé a la Orden de San Agustín y más tarde al seminario diocesano. Aunque desistí de continuar en esa ruta, nunca me alejé de la evangelización. Estudié, contraje matrimonio y fui ordenado en una jurisdicción católica antigua, abrazando la misión como obispo veterocatólico. Fue precisamente en Venezuela donde descubrí que mi vida estaba llamada al servicio. En medio de una sociedad que, en aquel tiempo, ofrecía prosperidad y oportunidades, pude experimentar de cerca las necesidades de los más pobres y marginados. La migración me había enseñado el valor de la solidaridad, y esa experiencia se transformó en vocación pastoral: acompañar, educar y sostener a quienes sufrían el desarraigo o la pobreza. Desde entonces, mi camino estuvo siempre vinculado a la pastoral social, al apoyo a los más necesitados, y a la convicción de que la fe no puede separarse de la justicia y la caridad. Venezuela fue para mí no solo un lugar de crecimiento económico y personal, sino también el espacio donde germinó la semilla de mi misión como servidor y pastor, que más tarde se consolidaría en mi ministerio episcopal veterocatólico.

Con la llegada del socialismo, nuestra economía se deterioró gravemente. En 2016, tras una situación dramática, mi padre fue asesinado. Esa herida nos obligó a emigrar nuevamente: primero a Perú, nuestra tierra natal, y luego a Colombia. Comprendí entonces que nadie está libre de la experiencia migratoria.

Durante aquellos días, Venezuela atravesaba una crisis marcada por la devaluación dramática del Bolívar, que pulverizó los ahorros de las familias y sumió a la sociedad en la desesperanza. La pérdida del poder adquisitivo generó un escenario de robos constantes, suicidios por desesperación y una explosión social que se manifestaba en protestas, saqueos y violencia en las calles. En medio de ese caos, el asesinato de mi padre se convirtió en un símbolo personal del colapso de un país que alguna vez nos había ofrecido prosperidad y oportunidades. La tragedia nos obligó a tomar nuevamente el camino de la migración, cargando no solo con el dolor del duelo, sino también con la certeza de que la vida en Venezuela se había vuelto insostenible. Fue entonces cuando comprendí, con mayor claridad que nunca, que la migración no es una elección libre, sino una necesidad que se impone cuando la dignidad y la seguridad se ven amenazadas.

Mi primer desafío pastoral en el exterior fue a través de la Fundación Teresa de Calcuta, donde tuve la oportunidad de dirigir un programa de atención humanitaria y educativa en Bayunca, Cartagena, en plena pandemia: educar a 100 niños extra edad, la mayoría venezolanos en un lugar de extrema pobreza. Allí descubrí que la migración no solo es un fenómeno social, sino también un espacio de misión: un llamado a servir en medio del desarraigo.

Con el paso del tiempo, esa misión se profundizó. La mayoría enfrentaban hambre, desempleo y exclusión social. Junto a un grupo de voluntarios, asumimos el riesgo de recorrer casa por casa, entregando guías de estudio a nuestros niños, para que la educación no se detuviera a pesar del confinamiento y la falta de recursos tecnológicos. Aquella experiencia me enseñó que la pastoral social no se limita a los templos, sino que se encarna en las calles, en los hogares humildes y en la entrega silenciosa de quienes sirven. Fue un tiempo de sacrificio y esperanza, donde descubrí que la verdadera misión del obispo misionero migrante es estar al lado de los más vulnerables, sosteniendo su fe y su dignidad en medio de la adversidad.

Hoy, como docente y capellán del Colegio Santa María de la Cruz, en Medellín Colombia he organizado una asociación de estudiantes venezolanos. Buscamos fortalecer su identidad y brindarles herramientas para enfrentar los desafíos de la migración. La fe se convierte en un puente que une culturas y sana las heridas. Esta propuesta no se limita a la formación académica, sino que busca afirmar la identidad cultural de los jóvenes venezolanos, ayudándoles a reconocerse como portadores de una historia, una tradición y una idiosincrasia que merece ser preservada. Los animamos a ser embajadores de su cultura, compartiendo con orgullo sus costumbres, su música, su gastronomía y su manera de ver la vida, como un aporte valioso al tejido social de Medellín.

Al mismo tiempo, la asociación se convierte en un espacio de acompañamiento en sus dificultades cotidianas: desde el duelo por el desarraigo hasta los complejos procesos de legalización y adaptación en un nuevo país. En este camino, la pastoral educativa se transforma en un refugio de esperanza, donde la fe ilumina la integración y la solidaridad abre puertas para que cada estudiante migrante pueda sentirse parte activa de la comunidad que lo acoge.

Concluyo asegurando que la migración es un fenómeno global que interpela profundamente a la Iglesia y a toda la sociedad. Nos exige abrir espacios de acogida, tender redes de solidaridad y reconocer que cada migrante lleva en su maleta no solo objetos materiales, sino un universo entero de sueños, memorias y esperanzas.

La migración no es una estadística ni un problema ajeno: es el rostro humano de Cristo peregrino que se hace presente en cada familia desplazada, en cada niño que busca educación, en cada padre que lucha por el sustento. Como Iglesia veterocatólica, estamos llamados a ser Iglesia en movimiento, capaz de salir al encuentro, de acompañar y de transformar el dolor en misión.

Soy orgullosamente migrante, obispo veterocatólico y misionero. Mi vida es testimonio de que la migración, aunque dolorosa y marcada por pérdidas irreparables, puede convertirse en un camino de gracia y servicio. En cada frontera cruzada, en cada comunidad acogida, he descubierto que la fe es puente que une culturas, sana las heridas y abre horizontes de esperanza.

Por ello, invito a mis hermanos clérigos, a las organizaciones sociales y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a sumarse a estas iniciativas. Necesitamos construir juntos espacios de formación, acompañamiento legal, apoyo humanitario y fortalecimiento cultural para nuestros migrantes. Cada gesto de solidaridad, cada proyecto compartido, cada palabra de aliento, se convierte en semilla de Reino y en signo de que la Iglesia sigue viva en medio de los desafíos del mundo contemporáneo.

La migración es misión. Es oportunidad para redescubrirnos como comunidad universal, para derribar muros y levantar puentes, para proclamar con hechos que el Evangelio es buena noticia para los pobres y esperanza para los que caminan con su mundo en una maleta.