{"id":34,"date":"2026-04-04T02:00:54","date_gmt":"2026-04-04T06:00:54","guid":{"rendered":"https:\/\/convergentstreams.org\/?p=34"},"modified":"2026-04-04T02:02:30","modified_gmt":"2026-04-04T06:02:30","slug":"mi-mundo-en-una-maleta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/convergentstreams.org\/?p=34","title":{"rendered":"Mi mundo en una maleta"},"content":{"rendered":"\n<h2 class=\"wp-block-heading\">Testimonio de un Obispo Misionero Migrante<\/h2>\n\n\n\n<p>Despert\u00e9 una ma\u00f1ana de julio de 1983 y mis padres me anunciaron que dejar\u00edamos Lima, Per\u00fa, para buscar un futuro en Venezuela. D\u00edas antes, detr\u00e1s de nuestra casa, un comando de Sendero Luminoso (grupo terrorista) hab\u00eda tomado por asalto un puesto policial. El miedo y la incertidumbre se convirtieron en el tel\u00f3n de fondo de nuestra partida.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquel tiempo, el Per\u00fa viv\u00eda bajo la sombra de la violencia pol\u00edtica. Sendero Luminoso, inspirado en la ideolog\u00eda mao\u00edsta, hab\u00eda declarado la guerra al Estado y buscaba instaurar un r\u00e9gimen revolucionario campesino. Sus ataques contra polic\u00edas, autoridades y civiles generaban un clima de terror cotidiano. La democracia reci\u00e9n restablecida era fr\u00e1gil, y la respuesta del Estado, muchas veces militarizada, aumentaba la sensaci\u00f3n de inseguridad. La pobreza y la falta de oportunidades se sumaban a la violencia, empujando a miles de familias a abandonar el pa\u00eds. En ese contexto, nuestra decisi\u00f3n de migrar no fue solo un acto de b\u00fasqueda de futuro, sino una huida desesperada de un entorno donde la vida misma estaba amenazada.<\/p>\n\n\n\n<p>Recuerdo con nitidez la sala del aeropuerto, las l\u00e1grimas de mi madre junto a mi hermana menor de dos a\u00f1os, al despedirse de varios familiares. La migraci\u00f3n no comenz\u00f3 con esperanza, sino con desarraigo y dolor. Era el inicio de un camino que marcar\u00eda mi vida y mi vocaci\u00f3n. Unos d\u00edas antes, mis compa\u00f1eros del colegio parroquial organizaron una sencilla pero significativa despedida. Entre abrazos y oraciones, me entregaron cartas escritas a mano, llenas de afecto y buenos deseos. Aquellas palabras, guardadas como tesoros, me hicieron consciente de que estaba dejando atr\u00e1s no solo un pa\u00eds, sino tambi\u00e9n una comunidad que hab\u00eda sido mi hogar espiritual y humano.<\/p>\n\n\n\n<p>Sab\u00eda que mi vida iba a cambiar radicalmente: dejaba mis juegos, mis rutinas escolares, mis amigos y maestros, para enfrentar un futuro incierto en tierras desconocidas. Esa conciencia temprana del desarraigo me acompa\u00f1\u00f3 en cada paso, convirti\u00e9ndose en semilla de una vocaci\u00f3n que, con el tiempo, se transformar\u00eda en misi\u00f3n pastoral y en compromiso con los migrantes que, como yo, llevan su mundo entero en una maleta.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegamos primero a Bogot\u00e1 y luego emprendimos una traves\u00eda por trochas hasta Caracas. Nuestro primer hogar fue un estacionamiento subterr\u00e1neo, cuatro pisos bajo tierra, donde vivimos durante doce meses. All\u00ed aprend\u00ed que la dignidad humana puede resistir incluso en los lugares m\u00e1s inh\u00f3spitos. Pero esa traves\u00eda no estuvo exenta de riesgos. Migrar por caminos irregulares significaba exponerse a la inseguridad, a la posibilidad de ser asaltados, enga\u00f1ados o incluso perder la vida en rutas clandestinas. Cada paso era una apuesta por la supervivencia, sin garant\u00edas de llegar a salvo ni de encontrar un lugar digno donde vivir. El estacionamiento subterr\u00e1neo que se convirti\u00f3 en nuestro hogar era s\u00edmbolo de esa vulnerabilidad. La migraci\u00f3n nos oblig\u00f3 a enfrentar la precariedad, la discriminaci\u00f3n y el desarraigo, pero tambi\u00e9n nos ense\u00f1\u00f3 que la dignidad humana puede mantenerse viva incluso en medio de la adversidad m\u00e1s extrema. Fue all\u00ed donde comprend\u00ed que migrar no es solo cambiar de pa\u00eds, sino atravesar un camino lleno de peligros que ponen a prueba la fe, la esperanza y la resistencia del ser humano.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el tiempo logramos salir adelante, aunque no sin tropiezos. Tres estafas nos golpearon, pero finalmente pudimos estabilizarnos, tener empresa y propiedades. La migraci\u00f3n nos ense\u00f1\u00f3 que la resiliencia es m\u00e1s fuerte que la adversidad. Sin embargo, tambi\u00e9n fue posible crecer en medio de una Venezuela que, en aquel entonces, ofrec\u00eda prosperidad y oportunidades. El pa\u00eds viv\u00eda un auge econ\u00f3mico gracias a sus recursos petroleros y a un clima social que permit\u00eda a los migrantes integrarse y progresar. Experimentamos una puerta hacia la superaci\u00f3n personal y familiar. Pudimos emprender, trabajar con dignidad y alcanzar estabilidad, aprendiendo a valorar el esfuerzo y la solidaridad de una sociedad que nos acogi\u00f3. La experiencia nos ense\u00f1\u00f3 que, aun despu\u00e9s de la precariedad inicial, la migraci\u00f3n puede convertirse en un espacio de crecimiento humano y espiritual, donde la fe y la perseverancia se transforman en motores de esperanza.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00f1os despu\u00e9s ingres\u00e9 a la Orden de San Agust\u00edn y m\u00e1s tarde al seminario diocesano. Aunque desist\u00ed de continuar en esa ruta, nunca me alej\u00e9 de la evangelizaci\u00f3n. Estudi\u00e9, contraje matrimonio y fui ordenado en una jurisdicci\u00f3n cat\u00f3lica antigua, abrazando la misi\u00f3n como obispo veterocat\u00f3lico. Fue precisamente en Venezuela donde descubr\u00ed que mi vida estaba llamada al servicio. En medio de una sociedad que, en aquel tiempo, ofrec\u00eda prosperidad y oportunidades, pude experimentar de cerca las necesidades de los m\u00e1s pobres y marginados. La migraci\u00f3n me hab\u00eda ense\u00f1ado el valor de la solidaridad, y esa experiencia se transform\u00f3 en vocaci\u00f3n pastoral: acompa\u00f1ar, educar y sostener a quienes sufr\u00edan el desarraigo o la pobreza. Desde entonces, mi camino estuvo siempre vinculado a la pastoral social, al apoyo a los m\u00e1s necesitados, y a la convicci\u00f3n de que la fe no puede separarse de la justicia y la caridad. Venezuela fue para m\u00ed no solo un lugar de crecimiento econ\u00f3mico y personal, sino tambi\u00e9n el espacio donde germin\u00f3 la semilla de mi misi\u00f3n como servidor y pastor, que m\u00e1s tarde se consolidar\u00eda en mi ministerio episcopal veterocat\u00f3lico.<\/p>\n\n\n\n<p>Con la llegada del socialismo, nuestra econom\u00eda se deterior\u00f3 gravemente. En 2016, tras una situaci\u00f3n dram\u00e1tica, mi padre fue asesinado. Esa herida nos oblig\u00f3 a emigrar nuevamente: primero a Per\u00fa, nuestra tierra natal, y luego a Colombia. Comprend\u00ed entonces que nadie est\u00e1 libre de la experiencia migratoria.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante aquellos d\u00edas, Venezuela atravesaba una crisis marcada por la devaluaci\u00f3n dram\u00e1tica del Bol\u00edvar, que pulveriz\u00f3 los ahorros de las familias y sumi\u00f3 a la sociedad en la desesperanza. La p\u00e9rdida del poder adquisitivo gener\u00f3 un escenario de robos constantes, suicidios por desesperaci\u00f3n y una explosi\u00f3n social que se manifestaba en protestas, saqueos y violencia en las calles. En medio de ese caos, el asesinato de mi padre se convirti\u00f3 en un s\u00edmbolo personal del colapso de un pa\u00eds que alguna vez nos hab\u00eda ofrecido prosperidad y oportunidades. La tragedia nos oblig\u00f3 a tomar nuevamente el camino de la migraci\u00f3n, cargando no solo con el dolor del duelo, sino tambi\u00e9n con la certeza de que la vida en Venezuela se hab\u00eda vuelto insostenible. Fue entonces cuando comprend\u00ed, con mayor claridad que nunca, que la migraci\u00f3n no es una elecci\u00f3n libre, sino una necesidad que se impone cuando la dignidad y la seguridad se ven amenazadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi primer desaf\u00edo pastoral en el exterior fue a trav\u00e9s de la Fundaci\u00f3n Teresa de Calcuta, donde tuve la oportunidad de dirigir un programa de atenci\u00f3n humanitaria y educativa en Bayunca, Cartagena, en plena pandemia: educar a 100 ni\u00f1os extra edad, la mayor\u00eda venezolanos en un lugar de extrema pobreza. All\u00ed descubr\u00ed que la migraci\u00f3n no solo es un fen\u00f3meno social, sino tambi\u00e9n un espacio de misi\u00f3n: un llamado a servir en medio del desarraigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el paso del tiempo, esa misi\u00f3n se profundiz\u00f3. La mayor\u00eda enfrentaban hambre, desempleo y exclusi\u00f3n social. Junto a un grupo de voluntarios, asumimos el riesgo de recorrer casa por casa, entregando gu\u00edas de estudio a nuestros ni\u00f1os, para que la educaci\u00f3n no se detuviera a pesar del confinamiento y la falta de recursos tecnol\u00f3gicos. Aquella experiencia me ense\u00f1\u00f3 que la pastoral social no se limita a los templos, sino que se encarna en las calles, en los hogares humildes y en la entrega silenciosa de quienes sirven. Fue un tiempo de sacrificio y esperanza, donde descubr\u00ed que la verdadera misi\u00f3n del obispo misionero migrante es estar al lado de los m\u00e1s vulnerables, sosteniendo su fe y su dignidad en medio de la adversidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy, como docente y capell\u00e1n del Colegio Santa Mar\u00eda de la Cruz, en Medell\u00edn Colombia he organizado una asociaci\u00f3n de estudiantes venezolanos. Buscamos fortalecer su identidad y brindarles herramientas para enfrentar los desaf\u00edos de la migraci\u00f3n. La fe se convierte en un puente que une culturas y sana las heridas. Esta propuesta no se limita a la formaci\u00f3n acad\u00e9mica, sino que busca afirmar la identidad cultural de los j\u00f3venes venezolanos, ayud\u00e1ndoles a reconocerse como portadores de una historia, una tradici\u00f3n y una idiosincrasia que merece ser preservada. Los animamos a ser embajadores de su cultura, compartiendo con orgullo sus costumbres, su m\u00fasica, su gastronom\u00eda y su manera de ver la vida, como un aporte valioso al tejido social de Medell\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Al mismo tiempo, la asociaci\u00f3n se convierte en un espacio de acompa\u00f1amiento en sus dificultades cotidianas: desde el duelo por el desarraigo hasta los complejos procesos de legalizaci\u00f3n y adaptaci\u00f3n en un nuevo pa\u00eds. En este camino, la pastoral educativa se transforma en un refugio de esperanza, donde la fe ilumina la integraci\u00f3n y la solidaridad abre puertas para que cada estudiante migrante pueda sentirse parte activa de la comunidad que lo acoge.<\/p>\n\n\n\n<p>Concluyo asegurando que la migraci\u00f3n es un fen\u00f3meno global que interpela profundamente a la Iglesia y a toda la sociedad. Nos exige abrir espacios de acogida, tender redes de solidaridad y reconocer que cada migrante lleva en su maleta no solo objetos materiales, sino un universo entero de sue\u00f1os, memorias y esperanzas.<\/p>\n\n\n\n<p>La migraci\u00f3n no es una estad\u00edstica ni un problema ajeno: es el rostro humano de Cristo peregrino que se hace presente en cada familia desplazada, en cada ni\u00f1o que busca educaci\u00f3n, en cada padre que lucha por el sustento. Como Iglesia veterocat\u00f3lica, estamos llamados a ser Iglesia en movimiento, capaz de salir al encuentro, de acompa\u00f1ar y de transformar el dolor en misi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Soy orgullosamente migrante, obispo veterocat\u00f3lico y misionero. Mi vida es testimonio de que la migraci\u00f3n, aunque dolorosa y marcada por p\u00e9rdidas irreparables, puede convertirse en un camino de gracia y servicio. En cada frontera cruzada, en cada comunidad acogida, he descubierto que la fe es puente que une culturas, sana las heridas y abre horizontes de esperanza.<\/p>\n\n\n\n<p>Por ello, invito a mis hermanos cl\u00e9rigos, a las organizaciones sociales y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a sumarse a estas iniciativas. Necesitamos construir juntos espacios de formaci\u00f3n, acompa\u00f1amiento legal, apoyo humanitario y fortalecimiento cultural para nuestros migrantes. Cada gesto de solidaridad, cada proyecto compartido, cada palabra de aliento, se convierte en semilla de Reino y en signo de que la Iglesia sigue viva en medio de los desaf\u00edos del mundo contempor\u00e1neo.<\/p>\n\n\n\n<p>La migraci\u00f3n es misi\u00f3n. Es oportunidad para redescubrirnos como comunidad universal, para derribar muros y levantar puentes, para proclamar con hechos que el Evangelio es buena noticia para los pobres y esperanza para los que caminan con su mundo en una maleta.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Testimonio de un Obispo Misionero Migrante Despert\u00e9 una ma\u00f1ana de julio de 1983 y mis padres me anunciaron que dejar\u00edamos Lima, Per\u00fa, para buscar un futuro en Venezuela. D\u00edas antes, detr\u00e1s de nuestra casa, un comando de Sendero Luminoso (grupo terrorista) hab\u00eda tomado por asalto un puesto policial. 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